Un 17 de agosto de 1850 pasaba
a la eternidad el hombre que dejó su marca en el corazón de todos los
americanos.
Como dijo Francisco Luis
Bernández “no hay argentino que no sienta dentro de su alma la virtud de su recuerdo”.
Continúa vigente, presente
como un digno modelo a ser imitado.
Sus ideales de unidad
americana, hoy más que nunca necesario, era el crecimiento de América.
El amor a la Patria, la entrega y el
desapego a las cosas materiales.
Su mente rápida y la palabra
justa.
La dedicación, voluntad y
responsabilidad puesta de manifiesto en sus acciones.
Son guías para todo aquel que
quiera llegar a convertirse en un hombre de bien, servidor de los semejantes y
constructor de un país libre en el que impere la igualdad.
San Martín, prohombre
americano, es una figura que parece crecer con el paso del tiempo.
Su hazaña mayor es sin duda el
cruce de la cordillera de los Andes, con su endeble salud y escasos medios. Con el descrédito de sus compatriotas y el
dudoso logro de la empresa.
Pero hay una hazaña mayor que
nace de la vida misma del prócer y que permanece inmóvil como las estatuas
ecuestres que lo muestran decidido y
valiente, señalando hacia los Andes majestuosos.
La calidad humana, la modestia
y el trato igualitario dispensado a todos son la marca sanmartiniana que impera
en nuestra memoria. El recuerdo de sus acciones es imperecedero. Las estatuas
de bronce podrán en convertirse en polvo. Su espada podrá ser carcomida por la
herrumbre. Sus huesos serán nada. Quedará de él sólo lo que es inmortal: el
alma heroica y el hombre de bien.