Trabajo de Ana María Durso
La bibliografia de sus batallas
son amplias y diversas, veremos aquí perfilados algunos extractos de su vida
obtenidos de la busqueda en internet, que en similitud son parecidos y
determinan conceptualmente la mirada de su idiologia y el carácter que reflejo
en su vida.
La singularidad del perfil heroico de José de San
Martín viene dada, más que por sus hazañas exteriores, por la grandeza interior
de su carácter. Pocos hombres públicos pueden exhibir una trayectoria tan
limpia en la historia de América: habiendo alcanzado la máxima gloria militar
en las batallas más decisivas, renunció luego con obstinada coherencia a asumir
el poder político, conformándose con ganar para los pueblos hispanoamericanos
la anhelada libertad por la que luchaban.
Sus campañas militares cambiaron el signo de la
historia americana durante el proceso de descolonización acaecido a principios
del siglo XIX. A su lucidez estratégica se deben los planteamientos militares
que llevarían a la independencia de Chile y de Perú, centro neurálgico del
poderío español cuya caída conduciría a la de todo el continente. Si luego dejó
en manos menos nobles las extenuantes guerras civiles y partidistas que
acabaron por malbaratar los más bellos sueños de los patriotas, fue por esa
misma pureza y rectitud de principios. Achacoso, postergado y ciego, San Martín
moriría decentemente en su cama, en un remoto rincón de Francia, cargado de
honores y exonerado de toda responsabilidad sobre el destino tortuoso de
aquellas amadas tierras cuya independencia había ganado con el valor de su
sable.
Las batallas en el hemisferio sur trascendieron en
el continente por ello, el retiro de las armas aconteció bajo las siguientes
circunstancias.
San
Martín había decidido retirarse; consideraba cumplido su deber de liberar a los
pueblos y no quiso participar en las luchas intestinas por el poder. En octubre
de 1822 llegó a Chile; en verano de 1823 cruzó los Andes y pasó a Mendoza con
la idea de establecerse allí, apartado de la vida pública. Pero las muchas
críticas adversas que le atribuían aspiraciones de mando y el fallecimiento de
su esposa lo determinaron a partir en febrero de 1824 rumbo a Europa,
acompañado por su hija Merceditas, que en esa época tenía siete años.
Residió
un tiempo en Gran Bretaña y de allí se trasladó a Bruselas (Bélgica), donde
vivió modestamente; su menguada renta apenas le alcanzaba para pagar el colegio
de Mercedes. Hacia 1827 se deterioró su salud, resentida por el reumatismo, y
su situación económica: las rentas apenas le llegaban para su manutención.
Durante esos años en Europa arrastró además una incurable nostalgia de su
patria.
Su
última tentativa de regreso tuvo lugar en 1829. Dos años antes había ofrecido
sus servicios a las autoridades argentinas para la guerra contra el Imperio brasileño;
en esta ocasión, embarcó hacia Buenos Aires con la intención de mediar en el
devastador conflicto entre federalistas y centralistas. Sin embargo, al llegar
encontró su patria en tal grado de descomposición por las luchas fraticidas que
desistió de su intento, y, pese a los requerimientos de algunos amigos, no puso
pie en la añorada costa argentina.
Regresó
a Bélgica y en 1831 pasó a París, donde residió junto al Sena, en la finca de
Grand-Bourg. Gracias a la solicitud de su pródigo amigo don Alejandro Aguado, compañero de armas en España, pudo pasar el postrero tramo de su vida
sin vergonzosas estrecheces. En 1848 se instaló en su definitiva residencia de
Boulogne-sur-Mer (Francia), donde moriría en 1850.